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ANOTHER HUMANISTIC OPEN MAGAZINE
viernes, 5 de agosto de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
"CRECIENDO" by ASUN
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"BARCOS DE OPORTO" by GURDIEL
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"ORILLA" by GURDIEL
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martes, 2 de agosto de 2011
FERROCARRIL RUMANO DE VIA ESTRECHA
Romania CFF Viseu de Sus (6)
http://www.youtube.com/watch?v=Jeyv3wcdH28&feature=feedrec_grec_indexSubido por blackthorne57 el 14/09/2009
Road vehicles with flanged wheels to run on rails pick up villagers before 'Elvetia' passes with the forestry workers' coach and some empty log bogies. View from the end log bogie. 'Elvetia' pumps water from a convenient pond to fill her tanks. October 2006
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martes, 24 de mayo de 2011
La FRANCIA de VICHY y sus INTELECTUALES (1940-1944)
El colaboracionismo francés fijó pronto su atención en España como retaguardia segura frente al avance aliado de 1944. Cuando De Gaulle lideró la reconstrucción postbélica de Francia a partir del año siguiente, comenzaron juicios furibundos contra quienes habían ayudado a los alemanes a liquidar a miles de miembros de la Résistance. En total cayeron unos 9.000 civiles franceses durante la ocupación y las purgas posteriores a la Libération; más de 124.000 fueron acusados y juzgados como colaboracionistas: 800 de éstos, los más significados y con mayores responsabilidades, fueron condenados a muerte y ejecutados. En las depuraciones de responsabilidades por las actividades de la Francia de Vichy acabaron implicadas unas 150.000 personas. En 1940, el 55% del territorio francés quedó bajo control alemán, y el resto, sometido a la jurisdicción del nuevo État Français presidido por el mariscal Philippe Pétain. La complicidad de Vichy con la ocupación alemana se extendió desde un principio a la política interior, de control policíaco y de represión de colectivos considerados como enemigos de la Alemania hitleriana. El 1944 la Milice o policía política de Vichy contaba con 35.000 miembros. En el campo cultural, Vichy adoptó como propia la revista Je Suis Partout, que antes de 1940 había derivado hacia el fascismo; los que firmaban sus páginas se consideraban herederos del escritor nacionalista Charles Maurras. Je Suis Partout radicalizó gradualmente su línea editorial de la mano de dos de sus más destacados responsables: Robert Brasillach y Charles Lesca. Éste último conoció en España, donde se hallaba refugiado a principios de 1945, a Horst Fuldner. Al igual que éste, Lesca también tenía doble nacionalidad argentino-francesa; Fuldner, la argentino-alemana. Había nacido en Buenos Aires el 19 de febrero de 1887 en el seno de una familia originaria del suroeste de Francia, que había prosperado en Argentina con la cría de ganado vacuno.La RED de EVASIÓN "PEÑA" (1946)
El responsable de la red fue el abogado Ramón de la Peña Azaola, con domicilio en el número 8 de la Calle Valenzuela de Madrid. Peña había trabajado en la embajada española en París durante la segunda guerra mundial, y desde allí estableció intensos contactos con el Abwehr alemán, como confidente y colaborador habitual. A mediados de 1944 viajó a Berlín y a San Sebastián, donde prestó una importante ayuda a varios colaboracionistas franceses en su intento de huir a España y luego a la Argentina: entre ellos el periodista y político Charles Lesca, quien luego jugaría un papel crucial en la gestión de los primeros traslados de franceses evadidos a Latinoamérica. Peña desconocía que su asociación con Lesca estaba siendo seguida por el OSS americano. El testimonio que lo incriminó ante los americanos fue el del SS Hans Sommer, que había estado destinado en París durante la ocupación. Sommer se escondió en Madrid y se encontró con Lesca, quien le confió que tenía contactos con Peña y varios diplomáticos argentinos con el fin de huir; Sommer fue capturado por los americanos y lo contó todo. En 1946, según fuentes de fiabilidad diversa, "ayudó a huir a 150 o 200 alemanes desde Cádiz hacia Buenos Aires, entre agosto y septiembre." Peña también fue víctima de otras denuncias, que lo acusaban de ocultar capitales procedentes de la embajada del III Reich en Madrid. Estas imputaciones tenían su origen en la desaparición de una gran suma de dinero entregada por el que fuera delegado de la Gestapo en Barcelona, Ernst Hammes. En septiembre de 1944 primero, y luego en marzo de 1945, Hammes entregó a Peña 500.000 pesetas en la primera ocasión, y 1.000.000 en la segunda; la primera entrega se le confió en un sobre lacrado, marcado con la inscripción "Letteliersfonds". Según los investigadores americanos, el dinero estaba destinado a un colaboracionista francés, que trabajaba para la Gestapo en San Sebastián llamado justamente Lettelier. Peña recibió el millón de la segunda entrega, en una caja metálica con instrucciones precisas: debía entregarla a dos ciudadanas alemanas para constituir un fondo de ayuda a compatriotas perseguidos y sin recursos. Dichas alemanas eran Marianne Witte y Anneliese Baltz. En abril de 1945 Witte retiró el dinero del despacho de Peña y lo empleó para los fines previstos. Luego fue citada a declarar por la sección de economía política del ministerio español de asuntos exteriores en junio de 1950; el dinero recibido de Peña fue gastado en la compra de documentos falsos y pasajes de barco para varios fugitivos alemanes en dirección a América Latina.
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EL ASUNTO "CLARITA STAUFFER" (1945-1947)
Clara Stauffer fue la única mujer incluida en las listas de sujetos alemanes residentes en España y en situación de busca y captura que el CAR pasó al gobierno español entre 1945 y 1947: "Clara Stauffer: Una de las principales organizadoras de un "Hilfsverein" [asociación de ayuda] secreto. Está trabajando actualmente para proveer a súbditos alemanes de documentación falsa, ayudándoles a encontrar ocupación etc. Recibió un permiso especial de la embajada alemana a finales de la guerra para adquirir la nacionalidad española, con el único objeto de llevar a cabo actividades de tipo postbélico." Meses después de que su nombre apareciera en las listas del CAR, un hombre joven que hablaba un español defectuoso, con mucho acento alemán, llamó a la puerta del patio del número 14 de la Calle Galileo en Madrid. No le resultó difícil localizar el piso de Clara Stauffer, cuartel general de sus actividades. En la puerta del patio del edificio, un escudo rojo y negro con el emblema de la FE y el AS actuaba como placa anunciadora de las asociaciones para las que trabajaba Stauffer. Al subir las escaleras se cruzó con un hombre rubio, joven, que apenas hablaba español y trataba de hacerse entender mediante gestos, evitando que su idioma delatara su origen. Lo acompañó hasta la tercera planta y entró con él en el piso. Una vez dentro le presentó al secretario privado de Clara Stauffer, un hombre mayor llamado Jervos, que creyó hallarse ante otro alemán recién llegado a Madrid. Jervos le confió que la organización que dirigía Clara cuidaba de unas 800 personas en España, además de ocuparse de todas aquellas que a veces entraban ilegalmente en el país y necesitaban sustento y un lugar donde ocultarse. El hombre pidió entonces ver a la propia Clara Stauffer, pero Jervos le dijo que estaba en la cama, recuperándose de una enfermedad. Fue entonces cuando el hombre reveló su identidad y se presentó como Sefton Delmers, redactor jefe para Europa del diario británico Daily Express. Tras la inicial sorpresa, Jervos condujo al periodista ante la convaleciente Stauffer, metida en la cama. Delmers la describió: "su cara, sus ojos azules, su pelo castaño, con raya en medio, la barbilla enérgica, forman un conjunto que no indica la edad. Lo mismo puede estar cerca de los treinta que haber pasado los cuarenta años."
martes, 17 de mayo de 2011
Las EVASIONES de 1945 en ITALIA
En los años inmediatamente posteriores a 1945, Italia no se hallaba legalmente bajo la administración de fuerzas militares de ocupación angloamericanas, y las autoridades italianas eran bastante permisivas con la documentación que se requería para abandonar su territorio, en un intento de estimular la salida de refugiados e indocumentados. Por otra parte, puertos como el de Génova o el de Nápoles seguían operando a pleno rendimiento, con comunicaciones ininterrumpidas con dos de los países más codiciados para quienes trataban de huir del control aliado: España y la Argentina. Todo ello hizo de Italia el punto de partida más frecuente para miles de emigrantes y refugiados que querían empezar una nueva vida. Y entre éstos hallaron acomodo quizá varios cientos de nazis, colaboracionistas y criminales de guerra buscados por la justicia de la desnazificación. España mantenía una amplia representación diplomática en Italia. En el norte del país existían consulados en Génova, Turín, Milán y Florencia, además de una serie de viceconsulados y agentes de representación consular en otras ciudades. En Génova el consulado español se hallaba en la planta baja de un inmueble de varios pisos en el nº 3 de la Via Brigada Liguria. El 1 de agosto de de 1945 fue nombrado cónsul de España en Génova Julio Palencia Álvarez, un diplomático con experiencia que durante la segunda guerra mundial se había significado por la defensa de los judíos sefardíes desde su puesto como embajador español en Bulgaria.
La "RUTA ITALIANA" de los EVADIDOS de 1945
Una parte de los evadidos de los campos de prisioneros aliados que consiguieron llegar a España, lo hizo a través de la llamada ruta italiana, que desde la Alemania occidental ocupada pasaba por Austria y llegaba al norte de Italia, donde la mayoría de los fugados alemanes se dirigía al puerto de Génova. Este itinerario permitía transitar la mayor parte del camino en territorio alemán occidental, donde las posibilidades de ser acogido y de recibir alguna ayuda eran mayores, y sobre todo permitía eludir a la administración militar aliada si se conseguía entrar en Italia. Además, tanto en Génova como en otras grandes ciudades italianas, diversas redes de evasión tenían representantes, gente organizada y con recursos que podían despachar al fugitivo lejos del alcance de los tribunales desnazificadores. Italia era entre 1945 y 1948 uno de los países de mayor tránsito, acogida y reexpedición de refugiados y gentes desplazadas de su país de origen debido a la segunda guerra mundial y sus deportaciones masivas. Su situación estratégica con acceso a Suiza, Francia, Austria y Yugoslavia la convirtió en un lugar de paso para decenas de miles de refugiados, además de albergar en su territorio varios campos de prisioneros que a medida que iban siendo liberados, se iban sumando a la marea humana que entraba o salía del país.
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La VIDA de HANNA REITSCH en la POSTGUERRA MUNDIAL (1946-1979)
En 1947, la embajada británica en Madrid dio a conocer una información según la cual la legendaria aviadora alemana Hanna Reitsch, una de las últimas personas que vio a Hitler con vida, horas antes de que se suicidara el 30 de abril de 1945, se había ocultado en España y trataba de huir de las autoridades angloamericanas, que la buscaban para interrogarla. Después de abandonar Berlín junto con el general Ritter von Greim la noche anterior al suicidio de Hitler, en un pequeño avión Arado Ar 96, protegido por una escuadrilla de cazabombarderos a reacción Messerschmitt Me 262, Reitsch trató de llegar al lugar indicado por Hitler. Antes o después de alcanzarlo, lo que no reveló en un principio, la aviadora fue capturada por tropas norteamericanas en el sur de Alemania, e internada en un campo de concentración militar, donde permaneció 18 meses, hasta octubre de 1946. Entonces se escapó del campo, y desapareció por un tiempo, entrando en España clandestinamente. Aunque el informe británico que confirma la llegada de Reitsch a España no concreta cuándo tuvo lugar ésta, salvo que fue en el año 1947, ni la duración de su estancia en suelo español, sí se sabe que la piloto participó en 1952 en una competición internacional de vuelo sin motor celebrada en España. También hubo testimonios sin confirmar de que había sido reconocida en la Argentina, en compañía de algunos aviadores de la antigua Luftwaffe, como el ya genera Adolf Galland, su amigo Hans Ulrich Rudel, o Jürgen Bosser, quien participó en el arriesgado viaje que llevó a Reitsch desde el aeródromo de Rechlin hasta el de Gatow, en plena Batalla de Berlín. Estos aviadores alemanes habían sido acogidos por la aviación militar argentina en tiempos del general Juan Domingo Perón, y reunidos como técnicos al servicio del llamado Instituto Aerotécnico Argentino, que entre otros logros consiguió que Argentina fuese el quinto país del mundo capaz de construir por sus propios medios aviones de combate a reacción. En 1955 Hanna Reitsch se reintegró con normalidad a la vida civil en la República Federal Alemana, trabajando como piloto de pruebas en Darmstadt para la Comisión Alemana para el Fomento del Vuelo sin Motor. Aunque nunca renunció públicamente a sus principios ideológicos, su celebridad como pionera de la aviación, y deportista de riesgo, pesaron más en su fama internacional que su pasado nazi, en el que tampoco había destacado más que como icono propagandístico. Fue huésped de honor del presidente de la India Nehru, y del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy en la Casa Blanca en la década de 1960. Murió en Frankfurt en 1979 a la edad de 67 años, dejando tras de sí una vida convertida en leyenda, de la que ella misma dejó testimonio en sus memorias, tituladas, "Volar... mi vida". De cómo Reitsch llegó a España y luego a la Argentina, para volver años más tarde a Alemania Occidental, casi nada se sabe; sólo puede suponerse que recibió una ayuda sin la cual no hubiera conseguido escapar de la Alemania occidental ocupada en 1946.
La SALIDA de HANNA REITSCH y RITTER von GREIM del BUNKER de HITLER
El 27 de abril de 1945 en Berlín, bombas y proyectiles de artillería rusos caían sin parar, directamente sobre el edificio de la Nueva Cancillería del Reich ("Neue Reichskanzlei") y su jardín anexo, bajo los que se encontraba el dédalo de corredores y habitaciones del búnker de Hitler. Varios aviones intentaron sin éxito llegar a Berlín para hacer posible la salida de dos visitantes de última hora: la piloto Hanna Reitsch y el general de la Luftwaffe Heinrich Ritter von Greim, que sí habían conseguido llegar volando hasta el búnker de la Förststrasse berlinesa, tras tres vuelos en apariencia imposibles, primero hasta el aeródromo de Rechlin, a unos 30 km de Berlín, en un Junkers Ju 88; luego, metidos ambos en el fuselaje de un caza Focke Wulf Fw 190, hasta el aeropuerto de Gatow; y por último, en una avioneta Fieseler Storch, hasta aterrizar en la avenida Unter den Linden. Hitler se entrevistó con ambos y les encomendó que llevaran al sur de Alemania, a la llamada "Festung Alpen" (Fortaleza "Alpes"), unas órdenes personales suyas que debían entregar allí en mano. Para sacar a la joven y al general, herido en un pie, varios aviones alemanes intentaron sin éxito repetir la hazaña que éstos habían realizado el día 27 de abril. Por fin, la noche del 29 de abril Reitsch y Greim abandonaron el búnker de la cancillería en una misión si cabe más arriesgada que la protagonizada tres días antes. Entonces no lo sabían, pero se contaban entre las últimas personas que vieron con vida a Adolf Hitler. Esa misma madrugada, éste se casó Eva Braun, y unas horas más tarde, el 30 de abril, ambos se suicidaron. Los dos pilotos despegaron en un avión Arado Ar 96 que había conseguido, a pesar de todo, aterrizar de fortuna en Unter den Linden, a escasos metros de las posiciones más avanzadas de las tropas soviéticas que trataban de conquistar el centro de Berlín. La frágil silueta del avión, sacudida por las descargas de las ametralladoras antiaéreas, resultaba aún más visible en comparación con la rapidísima agilidad de los Messerschmitts Me 262 a reacción que lo protegieron hasta que consiguió dejar atrás la barrera de fuego soviética. Unas semanas más tarde, Hanna Reitsch fue detenida por tropas norteamericanas en el sur de Alemania.
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jueves, 12 de mayo de 2011
El Centro Angloamericano de Repatriación (1945)
El 5 de mayo de 1945 España suscribió la Resolución nº 6 de la Conferencia Internacional de Bretton Woods y, en consecuencia, promulgó un decreto-ley por el que se embargaban los bienes de todos los ciudadanos de los derrotados países del Eje en suelo español. Dos días después, el 7 de mayo de 1945, día en que Alemania pidió capitular incondicionalmente, Madrid rompió oficialmente sus relaciones diplomáticas con ella. El entonces ministro de asuntos exteriores Jose Félix de Lequerica, antiguo embajador de España en Vichy, llamó por teléfono al encargado de negocios alemán en Madrid, Sigmund von Bibra, para comunicarle el siguiente mensaje oficial: "No existiendo gobierno alguno cuya representación le incumba ostentar en los momentos actuales, quedan terminadas las relaciones que con la hasta ahora embajada alemana se venían manteniendo." En el mismo tono lacónico, Lequerica agregó que el personal de la embajada tenía de plazo hasta las 13:00 horas del día siguiente para desalojar los inmuebles oficialmente destinados a ésta y para retirar de sus edificios todos los signos de soberanía alemana que ostentasen. Unos días después, la delegación enviada por el CCA en Alemania tomaba posesión de los edificios evacuados e instalaba en ellos el llamado Centro Angloamericano de Repatriación. Su principal misión sería organizar el traslado a la Alemania occidental ocupada de centenares de alemanes reclamados por las autoridades militares aliadas. El antiguo centro de poder de la comunidad alemana se convirtió de este modo tan poco dramático en el punto desde el que se diseñó y ejecutó su desmembramiento, bajo los auspicios del Safehaven Project.
El Proyecto Safehaven (1945)
El gobierno Attlee de Londres, y el Truman de Washington, emprendieron en 1945 y hasta comienzos de los años 1950, una pugna contra diversos países neutrales durante la guerra bajo la denominación de Safehaven Project, en la que las presiones políticas y la diplomacia discreta intentaron vencer su resistencia a entregar a los alemanes, nazis o no, que se habían refugiado en ellos. Aunque no existió ninguna consigna impartida desde el gobierno español para generalizar el amparo a los alemanes buscados por el CCA establecido en Berlín, decenas de altos responsables del régimen comenzaron a apelar de forma individual al ministerio de asuntos exteriores para conseguir la permanencia en España de sus protegidos. Desde el propio general Franco, quien intercedió por algunos reclamados, a las peticiones en el mismo sentido formuladas por sacerdotes y religiosos, pasando por toda clase de funcionarios y militares españoles, es difícil encontrar algún alemán que no pudiera conseguir, o al menos pedir en confianza, una recomendación, un certificado médico que le eximiese de la repatriación a la Alemania occidental ocupada, o una solicitud de trato preferente. En muchos casos esas peticiones lograron su objetivo; en otros, fueron inútiles ante las presiones norteamericanas o británicas, pero puede decirse que aquel alemán por el que el gobierno español mostrase algún interés especial podía considerarse libre de ser repatriado a su país. El primer paso hacia la estrategia de aproximación a las potencias aliadas se dio el 4 de mayo de 1944 con la suscripción por España de un acuerdo de colaboración con los Estados Unidos y Gran Bretaña, por el que se pactó una drástica reducción de las exportaciones de tungsteno a Alemania, el cierre del consulado alemán en Tánger y la expulsión de los agentes alemanes que operasen en territorio español.
La Comisión del CCA en España (1945)
Las nuevas autoridades impuestas por las potencias aliadas en Alemania en mayo de 1945 tenían como cúspide el llamado CCA o Consejo de Control Aliado. El CCA envió a España una delegación con plenos poderes para gestionar el patrimonio del desaparecido III Reich en el país, y encargarse de la repatriación de todos aquellos alemanes que se considerasen hostiles, hubieran tenido un mínimo de protagonismo político durante la segunda guerra mundial y la década precedente, o hubieran formado parte de algún servicio de información reservada bajo gobierno nazi. En definitiva el CCA trataba de impedir la ocultación de cualquier persona de su interés político o militar fuera del territorio sometido a la ocupación militar angloamericana. Pero el programa de desnazificación urdido por los proyectistas aliados para España iba más allá, y entraba de lleno en el desmantelamiento de la industria y el patrimonio de las empresas alemanas radicadas en España al menos desde 1936. El precedente de dos guerras mundiales con orígenes en el nacionalismo expansionista alemán pesaba mucho en la mentalidad aliada de 1945. En esas circunstancias se desarrolló un programa llamado Safehaven (Puerto Seguro) de aplicación a aquellos países neutrales en los que la penetración alemana hacía aconsejable su eliminación. El CCA no perseguía sólo a los militantes nazis, a los antiguos espías o a los diplomáticos del Reich, sino también a ingenieros alemanes, técnicos civiles, empresarios y cualquier profesional que hubiera adquirido cierto relieve económico, social o público.
SOFINDUS, UNICOLOR y el B.A.T. en 1945
En 1945 poderosos intereses económicos y financieros unían a España con un III Reich en estado de coma. Un amplio informe publicado en el Financial Times en abril de 1944 advirtió de la penetración alemana en el sector productivo español, y aseguraba que el capital alemán estaba detrás de más de 900 de las 4.800 censadas en España y de conocimiento angloamericano. Pero el consorcio dirigido por Johannes Bernhardt no era la única compañía alemana que operaba en España. El complejo IG Farben controlaba gran parte de la industria química y farmacéutica española, a través de su filial Unicolor. Lo mismo sucedía con las compañías Siemens, AEG y Merck. El sector bancario tampoco constituía a finales de la segunda guerra mundial una excepción, ya que operaban en España dos importantes entidades financieras alemanas: El Banco Alemán Trasatlántico o BAT, filial del Deutsche Bank, y el Banco Germánico de América del Sur. De ellos dependían a su vez una decena de compañías de seguros. La Sede del BAT estaba situada en el Palacio de Villahermosa, donde actualmente está ubicado el Museo Thyssen-Bornemisza (lo cual no es casualidad). El BAT estuvo implicado en operaciones de adquisición de oro procedente del III Reich por parte del gobierno español. No existía por aquel entonces una ayuda gubernamental explícita a la inversión alemana pero, después de casi diez años de colaboración, y con la experiencia bélica común de haber compartido dos guerras sucesivas, la solidaridad hacia el aliado derrotado comenzó a aflorar en infinidad de instancias oficiales, tanto civiles como militares.
lunes, 9 de mayo de 2011
ALEMANIA y la AVIACIÓN MILITAR: La BATALLA de FRANCIA de 1940
Incluso antes de que hubiera terminado la invasión de Noruega a principios de junio de 1940, los alemanes dirigieron su poderosa avalancha hacia el oeste, contra los Países Bajos, Bélgica y Francia. La triple operación invasora, proyectada para la campaña estival de 1940, representaba un riesgo calculado. En lugar de pequeñas operaciones de tenaza, que tan positivos resultados habían dado durante la campaña de Polonia en septiembre de 1939, el ejército alemán decidió montar una poderosa cuña de fuerzas acorazadas, de más de 350 km de longitud, entre los dos grupos de ejércitos (norte y sur) que defendían el norte y el este de Francia. Una vez alcanzada la costa del Canal de la Mancha, y estando separados los grupos de ejércitos aliados, podrían ser atacados uno a continuación del otro. Ahí estaba el riesgo calculado de los planificadores alemanes: la operación sólo tendría éxito si las fuerzas terrestres podían mantener un rápido ritmo de avance. Si los carros de combate llegaban a quedar separados en algún momento de la infantería que les proporcionaba apoyo, suministros y conexión con la retaguardia, serían los alemanes quienes se verían en serios apuros. Era ahora cuando los bombarderos de la Luftwaffe iban a tener realmente la oportunidad de demostrar lo que eran capaces de hacer. Si podían proporcionar un fuerte y concentrado apoyo aéreo, eliminando obstáculos al paso del avance terrestre, es decir, actuar como una especie de barrera de fuego móvil, había suficientes posibilidades de que el juego les saliera bien a los alemanes. Sin embargo, antes de iniciar el avance hacia Francia, los alemanes consideraron necesario, como habían hecho en Dinamarca y Noruega, asegurar el flanco occidental de su dispositivo mediante la invasión de dos países neutrales hasta entonces, los Países Bajos y Bélgica. Igual que en Escandinavia, la velocidad de sus movimientos era vital para desarticular las líneas de defensa holandesas y belgas antes de que la ayuda británica y francesa fuera de alguna efectividad. Para eliminar los obstáculos al paso de las fuerzas acorazadas, los alemanes decidieron hacer uso una vez más de sus fuerzas paracaidistas, pero a escala mucho mayor que en Dinamarca y Noruega. Su misión: capturar puentes de importancia vital antes de que pudieran ser cortados o demolidos por sus defensores. Había todavía otro problema que los alemanes tenían que resolver antes de poder iniciar su ataque: la captura y neutralización del Fuerte Eben Emaël. La línea principal de las defensas belgas, que estaba situada sobre el curso del río Mosa y el del Canal Alberto, tenía su centro vital en la confluencia de ambos cursos de agua. Era en ese punto donde los belgas habían fortificado una posición impresionante, el Fuerte Eben Emaël, cuyos cañones de 75 mm y 120 mm cubrían amenazadores todo el sector. Para hacer frente a ese obstáculo, la Luftwaffe había proyectado una arma "secreta" que iba a ser empleada en combate real por primera vez: comandos transportados en planeadores, que debían aterrizar dentro del complejo fortificado. Durante la ofensiva en el frente occidental, el papel de la Luftwaffe iba a desarrollarse en tres etapas principales. Primero tendría que neutralizar las fuerzas aéreas contrarias a base de poderosos ataques de bombardeo a sus aeródromos, y ataques con los cazas a aquellos aviones que consiguieran despegar; segundo, llevar tropas aerotransportadas a sus objetivos; tercero, limpiar de obstáculos el camino de las tropas de tierra en su avance a lo largo de los Países Bajos y Bélgica y, más adelante, en el empuje de las divisiones acorazadas en la misma Francia. Para apoyar estos ambiciosos proyectos, la fuerza aérea alemana había desplegado más de 4.000 aviones: 1.300 bombarderos de vuelo horizontal, 860 cazas monomotores, 640 aviones de reconocimiento, 475 aviones de transporte, 380 bombarderos en picado, 350 cazas bimotores y 45 planeadores de asalto.
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La INVASIÓN de DINAMARCA (9 de abril de 1940)
Antes de lanzar su ofensiva coordinada de invasión contra los Países Bajos, Bélgica y Francia en mayo de 1940, Hitler insistió en que se invadiera Dinamarca y Noruega, a fin de asegurarse el flanco septentrional de su dispositivo militar y, en sus propias palabras, "anticiparse a la acción de los ingleses en Escandinavia y el Báltico". El 9 de abril de 1940, sin previo aviso, los alemanes invadieron por sorpresa Dinamarca y Noruega, países neutrales hasta ese momento. Mientras las fuerzas acorazadas alemanas avanzaban casi sin oposición a través de la península de Jutlandia y los barcos de la Kriegsmarine alemana desembarcaban tropas en las islas danesas y los puertos noruegos de Oslo, Kristiansand, Bergen, Trondheim y Narvik, paracaidistas alemanes descendían sobre los dos aeródromos daneses situados en Aalborg. No tardó el reducido territorio danés en caer en manos alemanas. Antes de que hubiera terminado el día, el rey de Dinamarca y su gobierno comprendieron acertadamente de que toda la resistencia que pudiera oponerse a los invasores sólo representaría una inútil pérdida de vidas humanas, y se dio la orden de alto el fuego.
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La "GUERRA FICTICIA" de 1939-1940
El Sturzkampfflugzeug (término alemán que significa avión de combate en picado, del que deriva la abreviatura "Stuka") modelo Junker Ju 87 obtuvo un rotundo éxito en Polonia, un éxito explotado al máximo por los propagandistas alemanes. Sin apenas oposición, tanto en el aire como desde tierra, los pilotos de Ju 87 habían podido poner en práctica lo mejor de sus habilidades y explotar al máximo las prestaciones de sus máquinas en los ataques en picado. El efecto de esta forma casi individual de combate fue devastador para la moral combativa de las tropas polacas, que no estaban preparadas para afrontarlo. La leyenda de los Stukas, nacida en la guerra civil española, se vio confirmada como una aterradora realidad. Después de su victoriosa campaña polaca, las unidades de combate de la Luftwaffe se retiraron a sus bases de retaguardia en Alemania, para reponerse y cubrir las bajas habidas. Tanto para los alemanes como para sus adversarios franceses y británicos, el invierno de 1939-40 supuso un compás de espera que precedería a las grandes batallas de 1940. Por ello se le acabó por llamar el invierno de la guerra ficticia. Mientras los ejércitos se mantenían vigilantes a lo largo de un frente estático en las fronteras orientales de Francia, los estrategas de ambos bandos trabajaron intensamente durante todo el invierno. Para los alemanes, el esfuerzo principal del nuevo año de 1940 iba a ser una ofensiva coordinada de invasión contra los Países Bajos, Bélgica y Francia, que se desataría a finales de la primavera.
BALANCE AÉREO de la INVASIÓN de POLONIA
El 17 de septiembre de 1939 el ejército polaco ya no operaba como una fuerza bélica coordinada, y para los alemanes el fin de la campaña estaba a la vista. La caída de Varsovia parecía inminente, razón por la que empezaron a retirarse las primeras unidades alemanas para reforzar a las débiles fuerzas que tenían que enfrentarse a los franceses y británicos en el frente occidental. Pero debido a un repentino recrudecimiento de la resistencia polaca, tomar Varsovia resultó mucho más difícil de lo que se esperaba. A continuación de una infructuosa campaña propagandística de intimaciones a la rendición y lanzamiento de octavillas desde el aire, los alemanes pusieron en práctica un severo ataque aéreo combinado con un bombardeo artillero masivo el día 25 de septiembre. El jefe encargado de dirigir el ataque, general Wolfram Fr. von Richthofen, puso en servicio unos 400 bombarderos, muchos de los cuales efectuaron varias salidas aquel día. Desde un puesto de observación estratégicamente situado y bien camuflado tras las líneas alemanas alrededor de la capital polaca, un entusiasmado Adolf Hitler pudo observar en detalle la orgía de destrucción vertida sobre Varsovia. Cuando cayó la noche, la capital polaca ardía de punta a punta. Al día siguiente, 26 de septiembre de 1939, los defensores de Varsovia decidieron terminar con su desesperada defensa y cedieron a las intimaciones alemanas de rendición. El 27 de septiembre la invasión de Polonia finalizó definitivamente. Las pérdidas de la Luftwaffe habían sido muy pequeñas durante esta primera acción internacional comparadas con los resultados obtenidos. Hubo 413 tripulantes de vuelo alemanes muertos o desaparecidos, 126 heridos, 285 aviones destruidos, y 279 dañados. En pérdidas netas por tipos de avión, se perdieron 79 cazas, 78 bombardeos de vuelo horizontal y 31 bombarderos en picado.
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ALEMANIA y la AVIACIÓN MILITAR: La INVASIÓN de POLONIA
La segunda guerra mundial estalló al inicar las tropas alemanas la invasión de Polonia en las primeras horas del día 1 de septiembre de 1939. La niebla existente en las primeras horas de la mañana impidió las operaciones aéreas a gran escala, pero cuando ésta levantó al comenzar la tarde, la Luftwaffe hizo acto de presencia sobre aquel primer escenario de la guerra. Los alemanes habían reunido casi 1.600 aviones de combate para esta campaña, estando concentrados en gran parte en las Luftflotten I y IV. En un principio, los principales objetivos de la aviación fueron los aeródromos polacos, que sufrieron el ataque continuado de los bombarderos en picado y de vuelo horizontal. Los pilotos polacos que lograron remontar el vuelo para salir a interceptar a los invasores pronto pudieron constatar que los anticuados cazas PZL no podían competir con los modernos Messerschmitt Bf 109. Con una fuerza total de sólo 397 aviones de primera línea de combate al estallar el conflicto, de los que 159 eran cazas, y 154 bombarderos, la fuerza aérea polaca poco pudo hacer para influir favorablemente en el desarrollo de los acontecimientos, y al cabo de sólo dos días, la Luftwaffe había conseguido la casi total supremacía aérea en los cielos de Polonia. Liberados así de su primera responsabilidad, los comandantes de las unidades de vuelo alemanas pudieron pasar a la ejecución de su segundo cometido: proporcionar apoyo aéreo a las tropas alemanas en su avance por territorio enemigo. Cualquier movimiento de tropas polacas observado desde el aire sufría el ataque continuado de las fuerzas de la Luftwaffe y las carreteras y líneas ferroviarias fueron atacadas sistemáticamente en las zonas de retaguardia polacas. Consecuentemente a veces se hacía imposible el movimiento de tropas a las áreas de mayor importancia táctica. Mientras tanto, los continuados ataques efectuados por los bombarderos en picado sobre las concentraciones de tropas polacas ayudaron a los soldados alemanes a destruir puntos fuertes de resistencia, baterías antiaéreas y todo tipo de vehículos y piezas de artillería. El general Kutzreba, comandante en jefe del Ejército de Poznan, comentó sobre estos hechos:
"Constantemente, toda concentración de tropas, y toda ruta de marcha hacia el frente, sufría el devastador efecto del fuego aniquilador que venía del aire... Era como si el infierno se echara sobre la tierra. Los puentes fueron destruidos; los vados, bloqueados; la artillería antiaérea y parte de las restantes fuerzas de artillería fueron aniquiladas... Continuar la lucha no significaba más que resistir, y mantenernos firmes en nuestras posiciones era quedar expuestos a la inminente amenaza de que la fuerza aérea alemana convirtiese el escenario en un inmenso cementerio, ya que habíamos perdido previamente hasta la última de nuestras piezas de artillería antiaérea."
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Los PLANES de GUERRA BRITANICOS en 1914: El BLOQUEO NAVAL de ALEMANIA
La excesiva atención dispensada por la historiografía a la carrera naval angloalemana ha dejado en la sombra otros aspectos de los planes bélicos del Reino Unido, que no dejaron de cambiar y bifurcarse durante el período posterior a 1905 y anterior a 1914. Además de desembarcar una fuerza expedicionaria en Francia o Bélgica, el Departamento de Espionaje Naval británico contemplaba la posibilidad de aplicar la guerra económica (el embargo marítimo) a modo de arma ofensiva contra Alemania. El vicealmirante C. L. Otley, director de la inteligencia naval británica, hizo ver al primer lord del mar Reginald Mc Kenna en 1908 que la imposición del bloqueo naval a ofrecía "un medio tan seguro como sencillo de estrangular a Alemania por mar" ya que durante un futuro conflicto largo, "la hierba iba a acabar por crecer en las calles de Hamburgo más tarde o más temprano, y la escasez y la ruina se harían generalizadas". El bloqueo británico no fue, por lo tanto, una represalia tomada en tiempos de guerra como respuesta a las acciones de los alemanes, sino un aspecto central de los preparativos que se llevaron a término en previsión de emprender una guerra contra Alemania. En tanto que el almirantazgo británico fijaba su atención en su flota de superficie y en la hipótesis de un enfrentamiento único, colosal y decisorio con su homóloga alemana, los integrantes del Departamento de Espionaje, con Maurice Hankey entre ellos, oficial procedente de la infantería de marina, se centraban en cómo obtener la victoria por medio de un aislamiento económico que ahogase el comercio de Alemania a través de la presencia naval del Reino Unido sobre sus costas, tal como se había hecho en el pasado contra Francia. Ferguson asegura que el "orgullo desmedido" del almirantazgo británico había hecho a sus miembros sabedores de que tal acción destruiría la economía alemana, y de que el almirante alemán Alfred von Tirpitz era consciente de que corría el peligro de abocarla a tal coyuntura si la guerra se prolongaba más de un año y medio. El poco interés que despertaban en la armada británica las expediciones de buques mercantes organizadas (convoyes) en tiempos de guerra se debía al enorme tamaño de la flota mercante británica, que abarcaba casi el 50% del tonelaje total mundial, lo que permitía un margen de pérdidas considerable. Los cruceros del Reino Unido, por su parte, perseguirían y destruirían a cualquier buque corsario enemigo que tratase de hostigar a sus embarcaciones civiles, y protegerían así a Gran Bretaña de "la lucha de clases y la ruina económica." [!?] Hankey y el almirante John Fisher también establecieron con los Estados Unidos y las colonias británicas exportadoras de productos agrícolas, vínculos sobre los que fundar su estrategia económica contra Alemania. Además tenían intención de evitar toda intervención militar británica en la Europa continental y eludir la necesidad de que cantidades ingentes de soldados blancos británicos tuvieran que ser desplegados y mantenidos fuera de las Islas Británicas.
MORIR en una "CRUZADA GLORIOSA"
En 1914 la juventud europea estaba lista para el combate, acontecimiento que se había hecho merecedor de la exaltación de las principales corrientes intelectuales del momento. Es más, los pensadores europeos "ansiaban" ver una guerra que sirviera de purgante a una sociedad indolente, burguesa, materialista y racional en exceso. Con unas dosis de instinto, intuición y emoción, un breve regreso a lo natural y cierta porción de violencia, todo iría mucho mejor como por arte de prestidigitación. Los seguidores del darwinismo social, quienes respaldaban diversas posiciones, que iban desde el belicismo y el militarismo hasta el evolucionismo pacífico, tandían a decantarse por los primeros más que por el segundo. Las guerras tienen su origen en la mente del hombre, y aunque los eruditos contribuyeron de forma decisiva a crear el espíritu de la época, ni Darwin ni Nietzsche ni ningún otro intelectual decidiría en favor de la guerra en 1914. En realidad, el destino de los varones aptos educados, como Charles Péguy, intelectual francés que exaltaba el belicismo, sería alistarse y morir en la "cruzada gloriosa" por la que abogaban: un final muy adecuado para los intelectuales dados a ensalzar la violencia.
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La "HUIDA hacia la GUERRA" en 1914
Matar a otros y morir con dignidad y honra en el campo de batalla eran hechos inherentes a la sociedad británica de principios del siglo XX. Garnet Wolseley, el soldado más admirado del Reino Unido, la consideraba "el más excelso de los elementos purificadores" de una "raza o nación archirrefinada". El imperio británico necesitaba contar con una "raza imperial" limpia de rasgos "afeminados o degenerados". Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, sostenía en agosto de 1914 que "al Reino Unido le vendría muy bien una purga brutal". Cierto interés, obsesivo entre los británicos, por la historia medieval y sus órdenes de caballería, que llevó a los aficionados al tema al extremo de organizar justas, era un claro indicio del desasosiego que provocaba en muchos británicos la sociedad industrial y urbana del mundo contemporáneo. Y aun así, el gusto por aquellas épocas pretéritas también "les impedía apreciar el carácter inhumano de la guerra moderna" y ayudaba de hecho a alentar las carnicerías que le eran propias. La llegada de la guerra general en agosto de 1914 liberaría a la juventud de las restricciones de una sociedad materialista y gris para ofrecerle la oportunidad de realizarse en la empresa más grande de todas. La idea de la "huida hacia la guerra" que existía en países como Alemania ---al igual que en todo el mundo anglosajón--- describe con acierto el modo como concibió la guerra toda una generación de jóvenes con estudios pertenecientes a la era victoriana y eduardiana en el mundo anglosajón
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